EL TESORO DE LA NEVADA

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“A veces da la sensación de que los dineros públicos no tuvieran dolientes”

 -Anónimo

Por Periquito Pérez

Este afaire que se ha suscitado alrededor del desbarajuste en la construcción del estadio Sierra Nevada de Santa Marta, en donde la corrupción salpica a muchas moscas en el mismo alambre, nos recuerda aquella canción de la extraordinaria Celia Cruz: “Dongo le dio a borondongo, borondongo le dio a Bernabé, Bernabé le pegó a muchilanga, le dio a burundanga, se hincha los pies… que lio”.

Este enredo que refleja la farsa, la tramoya y un arrume de anzuelos y garapines, descubre el entramado de una asociación para delinquir, en la cual vienen participando y usufructuando las uvas de un monstruoso peculado, reconocidos actores de la manera más descarada, para esquilmar al erario y erosionar el resultado de obras públicas que hoy son tan sensibles, y sobre todo cuando afectan los espacios que tienen nuestras comunidades para distracción masiva, sino que en el caso de Unión Magdalena, conlleva consigo un patrimonio cultural, arraigado  en el corazón del pueblo.

Esto determinaría necesariamente consecuencias irreparables que involucran no solo al ordenador del gasto, al ejecutor de la obra, al interventor de la misma, a los funcionarios de control disciplinario e interno del distrito, a la personería, contraloría y veeduría ciudadana quienes se amangualaron y se hicieron los de la vista gorda, habida cuenta, con una construcción que traía a cuestas 14 sanciones administrativas y que se hizo a las volandas para satisfacer la ambición mediática y populista del emperador de pacotilla.

Y es que este nuevo escándalo, deja no solo al descubierto la punta del iceberg y asoma las orejas del lobo feroz, que se traga a la niña inocente, a la abuelita con canasto de mimbre, sino a todos los animales del bosque umbrío. Se destapa aquí el síndrome de la presión mal habida a que se ven expuestos el sinnúmero de contratistas desde hace 7 largos años, quienes son obligados a dar coimas por debajo y por arriba de la mesa, representadas en fuertes sumas de dinero, desde el mismo anticipo, porcentajes cada vez que les giran los valores correspondientes a las actas de avance de obras, sino como si ello no fuera suficiente, debían trasladar durante la frustrada y descabellada campaña presidencial de Caicedo, un sinnúmero de arrendados fans, en buses repletos con pancartas, pendones, banderas, papayeras, viandas  y refrigerios, porristas y todo pagados por el pobre contratista, a quien amenazaban con la no cancelación de las cuentas que tramitaban. Dicen que en esa locura demencial se despilfarraron más de 15 mil millones de pesos, cuyas correas salían del mismo cuero.

Y es que todo esto no podría terminar de otra manera distinta a lo que hoy estamos viendo: la mala calidad de las obras y la desesperación, frustración y tragedia, al mejor estilo de las novelas policiacas de Agatha Cristie, en donde la opinión pública tiene derecho incuestionable de saber la verdad y encaramar en la picota y el patíbulo del escarmiento a todos los responsables.

Aquí no solo se ha cometido un crimen de lesa conciencia, sino una tremenda equivocación que terminará por enterrar y darle sepultura a las fuerzas ciudadanas y colectivas del mal. Seguramente, como siempre, esta investigación en vez de ensartar a sus actores en las alambradas del código penal, concluirá como aquella obra de teatro de Lope De Vega en el siglo de oro, en donde, cuando el comendador del pueblo en España, al inquirir oír el sindicado de un crimen cometido, reseñó en el consabido expediente: “como en Fuenteovejuna…. Todos a una”

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